El atrevimiento de volver a confiar: Un nuevo puente para Costa Rica
Si nos detenemos un momento a escuchar el ruido de nuestras conversaciones diarias, las noticias que consumimos o los debates en la plaza pública "digital", es fácil llegar a la conclusión de que Costa Rica atraviesa una fractura insalvable. Hablamos constantemente de la crisis económica, del desgaste de nuestras instituciones, de la inseguridad en nuestros barrios y de la desigualdad que castiga a las costas y zonas rurales. Sin embargo, detrás de todas estas crisis visibles se esconde una herida mucho más profunda y silenciosa, una que amenaza con paralizarnos por completo: la pérdida de la confianza.
En algún punto del camino, dejamos de confiar. Dejamos de creer en las promesas del Estado, empezamos a mirar con sospecha al empresario, nos alejamos del vecino y, lo que es aún más grave, empezamos a dudar de nuestra propia capacidad colectiva para salir adelante. Nos hemos ido encerrando en trincheras ideológicas y muros de concreto, olvidando que ninguna nación puede sostenerse en el tiempo si su gente no confía la una en la otra.
Pero quienes hemos tenido el privilegio de recorrer este país, de observar sus entrañas y de conocer de primera mano el alma del costarricense, sabemos que el cinismo y la desesperanza no son nuestro destino. Costa Rica no es la suma de sus fracasos; es, por el contrario, el resultado de una rebeldía histórica que siempre ha apostado por la paz, el diálogo y la solidaridad. Hoy, frente a la encrucijada de las próximas décadas, nuestro mayor desafío no es redactar un nuevo manual de economía, sino atrevernos a tender un nuevo puente humano. Y para construir ese puente, necesitamos volver la mirada hacia lo que verdaderamente nos sostiene: nuestra infraestructura invisible.
La infraestructura invisible y el despertar ciudadano.
Durante décadas cometimos el error de creer que el desarrollo del país se resolvía exclusivamente en los despachos ministeriales. Nos acostumbramos a mirar hacia arriba, esperando que el Estado, como un ente omnipotente, nos solucionara la vida. Pero la verdadera red de seguridad de Costa Rica nunca ha sido burocrática; ha sido humana.
Como bien nos advierte la pensadora Elena María Fonseca:
"No podemos dejar todo en manos del Estado, tenemos que sacar adelante esta sociedad... La empresa y la familia tenemos un protagonismo que es necesario."
Asumir este protagonismo es el acto de madurez cívica más hermoso que podemos emprender. Esa red de seguridad ciudadana nace en la familia, el primer gran amortiguador de nuestras crisis. Es en la mesa del comedor donde se sanan las heridas de la exclusión y donde se forjan los valores que ninguna escuela puede sustituir. Y esa red se expande hacia el barrio, ese espacio vital donde alguna vez fuimos comunidad. Recuperar la confianza exige que volvamos a habitar nuestras aceras, que conozcamos el nombre de quien vive al lado, y que transformemos el miedo que hoy nos aísla en una organización vecinal solidaria. Un barrio donde los vecinos se cuidan mutuamente es un territorio blindado contra la desesperanza.
Los constructores y la riqueza compartida:
El costarricense nunca ha pedido que le regalen nada; solo ha exigido que la cancha esté nivelada. Nuestro pacto social histórico se basó en una promesa sagrada: si usted estudia, trabaja con honradez y suda la camiseta, su futuro y el de sus hijos será mejor que su presente. Revitalizar el mérito, la educación y la dignidad del trabajo honesto es indispensable para volver a creer.
Pero además, Costa Rica le ha demostrado al mundo que la generación de riqueza no tiene por qué ser un juego despiadado donde el grande devora al chico. Llevamos en nuestro ADN invenciones extraordinarias como el cooperativismo y el solidarismo. Modelos productivos donde el agricultor se une a sus vecinos para exportar al mundo, o donde el trabajador y el empresario se sientan en la misma mesa para administrar sus ahorros, diluyendo las jerarquías frente al peso de la responsabilidad compartida.
La empresa privada, en todas sus formas, es el motor de la movilidad social. Cuando un emprendedor abre un negocio, paga sus impuestos con transparencia, cuida el medio ambiente y decide darle su primer empleo a un joven de un barrio vulnerable, está haciendo mucho más que negocios: está arrebatándole soldados a la violencia y está construyendo paz. El verdadero progreso económico solo es legítimo cuando la riqueza se comparte y cuando el éxito de una compañía se traduce en el bienestar de la comunidad que la abriga.
El pacto con los que aún no han nacido:
Esa misma ética solidaria debe extenderse hacia la geografía que habitamos. Costa Rica es, en su esencia más íntima, una obra esculpida por su paisaje. Nuestra vocación de paz es un reflejo de nuestros valles, de nuestros ríos y de la exuberancia de nuestros bosques. La paz social de nuestra nación siempre ha sido, en su forma más elemental, un reflejo de la paz de nuestro entorno natural.
Hoy estamos llamados a firmar un pacto intergeneracional con aquellos costarricenses que aún no han nacido. Destruir nuestra "casa grande" para satisfacer el consumo desmedido del presente es la forma más cruel de robarle la esperanza al futuro. Defender el agua, reforestar nuestras cuencas y cuidar el entorno no es un lujo estético ni una simple estadística internacional; es el acto de amor más grande que podemos hacer por nuestros nietos. Es plantar un árbol bajo cuya sombra sabemos que nunca nos sentaremos, pero bajo el cual, con absoluta certeza, jugarán y respirarán los hijos del mañana.
El inventario del alma:
Superar nuestras crisis y cruzar hacia una Costa Rica más próspera y humana no requiere de fórmulas mágicas. Las leyes y los presupuestos, aunque necesarios, son estructuras vacías si no están habitadas por el espíritu correcto. Es la sabiduría de Maris Stella la que nos revela los materiales exactos con los que debemos edificar este puente hacia el futuro:
"Me empecé a dar cuenta que habían cuatro actitudes básicas principales para poder transformar una sociedad: confianza, constancia, locura y ternura."
Este es nuestro verdadero inventario del alma. Necesitamos confianza para bajar las defensas y volver a creer en la palabra del otro. Necesitamos constancia para entender que la patria se zurce todos los días, puntada a puntada, y que el abandono no es una opción. Necesitamos locura para atrevernos a soñar en grande, con la audacia de aquellos abuelos que abolieron el ejército para construir escuelas y llevaron luz a las montañas. Y, por encima de todo, necesitamos ternura. En un mundo obsesionado con la dureza y el cinismo, la ternura es la empatía radical; es la garantía de que en nuestra marcha hacia el progreso, jamás dejaremos atrás al más vulnerable.
Las cicatrices que hoy llevamos como país son la prueba de que hemos sobrevivido a las tormentas. Los seres humanos y las naciones que enfrentan sus tragedias y las superan, terminan siendo infinitamente más fuertes y maduros. El pacto social no se hereda intacto; se conquista y se renueva cada día.
La Costa Rica de las próximas décadas no está condenada por los errores del pasado. Será, sencillamente, la obra de arte que nosotros decidamos pintar hoy. Y el primer trazo de esa obra, el acto cívico más valiente, sanador y revolucionario que podemos ejercer en este preciso momento, es atrevernos a volver a confiar.




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